jueves, 16 de enero de 2014

Mockus 1995-1997



Como Secretaria de Gobierno, radiqué en el Concejo el proyecto de acuerdo del Plan de Desarrollo el 28 de abril; el concejal Dimas Rincón me preguntó, en tono jocoso, si ya había entendido la situación y venía con la “maletica” de los contratos, por cuanto nunca les había entregado la “maletica” de los puestos.

Quedé muy sorprendida por el comentario, y le respondí que durante nuestra Administración no existiría la más mínima posibilidad de negociar principios ni políticas públicas, y que el único intercambio que habría iba a ser el de argumentos. (p. 76)



El principal logro en el período 1995-1997 fue la introducción real de la separación de poderes, con tensiones, pero muy efectiva. No sólo no se paralizó el Distrito, sin que la Administración logró plantear una amplia agenda legislativa de 158 proyectos (el número más alto de las últimas cinco administraciones, de la de Castro a la de Garzón), de los cuales 61 se convirtieron en Acuerdos del Concejo… (p. 77)

Mockus, el profeta



El principal encargado del programa de Cultura Ciudadana entre 1995 y 1997, Paul Bromberg, ha descrito lo que ocurrió durante esos años como el resultado del trabajo conjunto de un “profeta” (Mockus), encargado de difundir “mensajes” y “convertir” a los ciudadanos, y de “ingenieros” (el equipo del Instituto Distrital de Cultural y Turismo), ocupados en diseñar mecanismos e intervenir contextos concretos para incentivar un mayor cumplimiento de normas. (p. 47)

Jaime Castro: ¿El Salvador de las finanzas de Bogotá?



… no deja de resultar irónico que Jaime Castro, quien con el tiempo sería visto como el salvador de las finanzas de Bogotá, se opuso en su momento a los aspectos tributarios del proyecto.  La verdad es que la reforma tributaria contenida en el estatuto—reforma que… es la base fundamental para el fortalecimiento de las finanzas de la ciudad—fue prácticamente impuesta por el Gobierno Nacional debido a su preocupación por el impacto que un colapso financiero del Distrito podría tener en las finanzas de la Nación. (p. 40)

Bogotá: el regreso del pesimismo


Durante los últimos dos o tres años, los artículos de prensa sobre Bogotá, las notas de radio y televisión, y las conversaciones sobre el estado de la ciudad, recuerdan el pesimismo que reinaba en la capital hace más o menos veinte años. Lo que se había ganado en sentido de pertenencia, optimismo y confianza en los mandatarios locales durante las administraciones de Peñalosa y Mockus, se perdió dramáticamente en el transcurso de unos pocos años. A continuación presentamos algunos pasajes sobre el pesimismo bogotano de finales de los ochenta y comienzos de los noventa que, de manera inquietante, parecen hacer referencia a nuestro presente:

Bogotá llegó, durante los años ochenta y comienzos de los noventa del siglo pasado, a los niveles más bajos de confianza en su posibilidad de superar sus crecientes niveles de deterioro e inseguridad. Como una profecía autocumplida, el pesimismo produjo el efecto de multiplicar por imitación, como una reacción en cadena, comportamientos antisociales, en una dinámica perversa en la cual cada persona encontraba ventajoso violar las normas para conseguir objetivos individuales, mientras la sociedad se hundía en una trampa de deshonestidad e insolidaridad. (p. 18)

“El deterioro de Bogotá es progresivo y aparentemente inmodificable”. Esta afirmación, hecha en la década de los años noventa, muestra la percepción que existía sobre Bogotá en tiempos pasados. Era común oír a sus habitantes describir a Bogotá como un lugar caótico e ingobernable, en el que se hacía cada vez más difícil vivir. (p. 18)

Algunas de las percepciones ciudadanas de esa época fueron la falta de sentido de pertenencia, el desarraigo de la mayoría de la población, y su corolario natural: la ausencia de civismo y solidaridad. (p. 19)

Para finales del siglo XX la politiquería era vista como un fenómeno ampliamente difundido y como una de las principales causas del estancamiento de la ciudad: “la corrupción ha llegado a niveles insospechados, hasta el punto que los fortines políticos de las secretarías se han convertido en botines saqueados permanentemente”. (Saldarriaga, A., Rivadeneira, R., y Jaramillo, S. Bogotá a través de las imágenes y las palabras. Bogotá: Tercer Mundo Editores y Observatorio de Cultura Urbana, 1998, p. 205).  (p. 27)

“El colapso de Bogotá” de comienzos de los años noventa estaba materializado, de manera más clara y palpable, en la destrucción del espacio público de la ciudad. (p. 27)

A comienzos de los años noventa, la manifestación más cotidiana y visible del pesimismo y abandono en que vivía Bogotá era justamente el irrespeto por las normas, la agresividad y el desorden que se habían tomado las calles de la ciudad. (p. 32)


La autora

Alicia Eugenia Silva
Entre 1974 y 1986 laboré en el sector universitario y de investigaciones académicas en Colombia. Desde 1987 he sido gestora de proyectos culturales y a partir de 1995 fuí una funcionaria pública muy visible en la capital del país. Entre 1995 y 1997 tuve la responsabilidad civil de la seguridad de Bogotá. De 2001 al 2003 fuí jefe de gabinete (Chief of staff) de la Alcaldía Mayor de Bogotá. Actualmente sigo promoviendo proyectos culturales y posicionando temas de gran importancia en la política colombiana como son: la cultura de la legalidad y la defensa de la vida de todos mis compatriotas.

martes, 6 de marzo de 2012

Bogotá no es Pasto pero podemos terminar pareciéndonos

La últimas semanas han sido movidas en el Concejo de Bogotá. El domingo 29 de enero salió el secretario de la política a hablar de coaliciones y a ofrecer participación en el  Gobierno Distrital. Al día siguiente, otro nariñense, Santiago Montenegro, escribió sobre el desastroso estado de las vías del Departamento de donde venía de ser gobernador el señor Antonio Navarro Wolf y presentó un panorama desolador de la ciudad de Pasto, de la percepción de corrupción rampante y de la presencia de los grupos armados ilegales en la región.

La propuesta de coaliciones a nivel distrital no cuajó y no pasó nada porque el Secretario de Gobierno le dijo a los medios de comunicación que estaba poniendo sobre la mesa las cartas pero nunca le explicó a la ciudadanía que lo que se estaba barajando por encima de la mesa nunca podría ser ni cercano a lo que han acumulado los concejales en los últimos 8 años del clientelismo mas rampante  que haya conocido Bogotá. La Silla Vacía calcula que cada concejal, de los antiguos, tiene de 600 a 1000 clientes trabajando para el Distrito sin contar la clientela que el Polo acumuló como cuota burocrática propia del partido de gobierno y que contribuyó a la elección de  Gustavo Petro.

El secretario tampoco midió el alcance de su propuesta de participación de los concejales. Ella es ética, política e incluso jurídicamente cuestionable. El estatuto Orgánico de Bogotá se redactó con el espíritu de sacar a los concejales de la co-administración de la ciudad y Navarro al ofrecer tan burdamente parcelas en el Distrito está violando el espíritu de la ley y echando por la borda la posibilidad de llegar por méritos a administrar la ciudad.

Justificar su propuesta por lo que hace Rafael Pardo en el Ministerio de Trabajo, no tiene presentación. Tratar de convencernos que lo que el les estaba proponiendo a los concejales es lo que se hace en el resto del mundo es desconocer las diferencias entre regímenes presidencialistas y regímenes parlamentarios que operan en algunas democracias. Es confundir clientelismo con gobiernos de coaliciones, que se forman antes de las elecciones;  es desconocer las propuestas con las que fueron elegidos y fue lo que hizo el secretario de gobierno de Bogotá. Terminó molestando a los grandes “cacaos” clientelistas de la política local que no se conformaron  con el pasto que vino a darles el gobernador de Nariño. Ellos iban por todo y el alcalde, que sabe como funcionan las corporaciones públicas en Colombia, no ha debido permitir que Navarro Wolf, por considerarse con mayor “experiencia”, hubiera tenido esa salida en falso y de paso hubiera borrado a su bancada durante el primer mes de gobierno. Además, Bogotá ya demostró que los mayores avances de la ciudad se produjeron, a finales del siglo pasado, sin comprar concejales  y sin mayorías en la corporación.

El Concejo de Bogotá, eligió mesas directivas a su antojo y el exgobernador de Nariño se quedó con el pecado y sin el género de la repartición. Al alcalde tuvo que salir a trinar y en la noche  siguiente descansó al recibir los resultados de la primera encuesta del año. Antes, medios de comunicación y encuestadores esperaban 100 días para hacer las mediciones. Pero ahora ávidos de pauta y de clientes unos y otros se alían y salen a medir lo inmedible a un mes de iniciada una gestión de gobierno. Por favor sean serios.

Aunque no estoy segura que les importe, algunos concejales y la bancada de gobierno puede mandar un mensaje que  defienda la independencia de los organismos de control con una elección por méritos. Así se dejarían atrás los últimos   años de deterioro de Bogotá. Esto evitaría  repetir lo que se hizo durante la administración de Luis Eduardo Garzón cuando su tesorero de campaña presidencial pasó a ser Contralor de la ciudad. También olvidaríamos lo que hizo el Concejo de la ciudad cuando nombró de Personero a Francisco Rojas Birry para que controlara la segunda administración del Polo en Bogotá. Los resultados están a la vista y aunque la malla vial de Bogotá se puede parecer hoy más a las vías de Nariño sinceramente creo que se podría hacer algo mejor.

Alicia Eugenia Silva
Febrero 2012